
Poco antes de nuestra era, el imperio más poderoso del mundo, el romano, conquistó Israel, y con ello no sólo rubricó el principio de su fin, sino el de una oscuridad que acabaría por estrangular toda Europa y Oriente Medio. Por aquella época, el mundo conocía muchos dioses y religiones, y todos ellos convivían en un mundo cuyos conflictos conocían otras raíces ajenas al credo. Si la religión era a la antigüedad lo que la política a nuestros días, el politéismo era la democracia de su tiempo.
En cualquier polis, ciudad o aldea, la gente era libre de tener en su casa un panteón, por humilde que fuese, y gozaba de pleno derecho para relacionarse con sus deidades, sin intermediarios que ejercieran poder alguno sobre ellos. Los sacerdotes, en suma, eran más intérpretes que portadores de la palabra de los dioses a los que adoraban. Pero había una excepción: Israel.
El pueblo de Israel es uno de los más peculiares del mundo, no sólo por su Historia, llena de sangre y altibajos, sino por su particular carácter, excepcional entre sus vecinos. Ellos eran monoteístas, creyentes en un Dios único, creador de todas las cosas y sumo juez de todo lo que ocurría en el mundo. Era (y es) la visión más temerosa que puede tener un pubelo de aquello que desconoce. Temerosa, sí; y el temor irremediado conduce y procede a un tiempo de la más profunda de las ignorancias. Otras culturas afrontaban este mismo desconocimiento con una cosa que ha acompañado al hombre desde sus orígenes, y que el monoteísmo ha suprimido de raíz, como tantas cosas que le son naturales al ser humano: la curiosidad. La misma curiosidad que llevó a la filosofía, a la ciencia y al progreso.
Cuando las legiones romanas conquistaron Jerusalén a sangre y fuego, llevaron consigo la oferta que solían hacer a todos los pueblos que conquistaban: el derecho a unir a su Dios el panteón romano, que incluía a tantos otros dioses de otros tantos pueblos romanizados. Cual fue su sorpresa cuando los zelotes se negaron, prefiriendo padecer las más horribles de las miserias antes que mancillar al Único. No sólo eso; internacionalizaron una idea que, hasta entonces, era del todo chocante. "Nuestro Dios es superior a los vuestros, que no son más que ídoloes", debieron de decirles, "y no sólo no mancharemos su nombre en vuestro panteón, sino que lo reduciremos a cenizas para demostrar su superioridad sobre todas las cosas, dentro y fuera de este mundo". Roma se acababa de contagiar de una enfermedad que empezó a carcomerle las entrañas desde el primer momento, lenta y concienzudamente, hasta aflorar en sus más altas instancias. La era de la razón estaba a punto de morir.
'Agora' es una de las pocas (yo no he visto otra) películas que ha tratado de explorar una época tan fascinante como trágica y convulsa, en la que aún convivía una cultura clásica rica en ideas y proclive al debate, con una ideología extremista, intolerante y miserable en auge: el monoteísmo cristiano, personificado en la religión judáica y la creciente fe cristiana. El marco escogido es Alejandría, donde estuvo la myor de las bibliotecas de la antigüedad, donde se guardaban siglos y siglos de concoimientos que hubieran conducido a una revolución industrial dos mil años antes de la que conocimos en Europa. Sí, he dicho dos mil. La personificación de este concepto viene dada por Hypatia, no sólo eminente folósofa y astrónoma, sino mujer que tenía que ganarse el derecho a respirar el aire de estancias exclusivamente reservadas a los hombres.
'Agora' es una película de conceptos, más que de situaciones o personajes. Trata de describirnos en dos horas una época complejísima en una ciudad que había sido exponente de mezcla de credos y culturas y que, trágicamente, sufrió como pocas otras el embate del fundamentalismo religioso, incapaz de tolerar cualquier cosa que le fuese ajeno. Con tremenda sinceridad, nos muestra cómo las religiones que no tienen más que lo intangible y el miedo a lo que aferrarse, siempre han recurrido a la ignorancia y a la chusma para nutrir sus filas y ganar una batalla ideológica no tanto con ideas, sino con la fuerza bruta que da el hecho de ser una aplastante mayoría (normal, por otro lado, dado que la historia nos demuestra que eran pocos los que vivían acomodados y demasiados los que pasaban hambre). Lo trágico de todo esto es que fue el desequilibrio intrínseco de una cultura clásica demasiado sesgada lo que nutrió su propio final (esclavos y descastados a millares, descontentos y desilusionados con una vida miserable, cuya única salida era la promesa abstracta de un dios abstracto). Pero, lo más trágico de todo, es que la ignorancia y el rencor no entienden de matices, sino que son ciega furia que arrasa con todo lo que no entienden y que les recuerda el yugo de sus días de sometimiento y persecución.
Por todo esto, 'Agora' es una película de difícil digestión. A pesar de ser un film de excelente factura, con una realización dada al detalle y una ambientación excelente, que reivindica lo tangible frente al croma, y unos actores solventísimos en su papel, es complicado que el espectador medio entienda que lo que se pretende trasladar es una visión, una lucha entre conceptos incompatibles, de credos e ideas. Por eso, donde muchos dicen que la película es un error de Amenábar, yo digo que es necesaria. Donde dicen que el ritmo es lento, yo digo que el relato está contado con la eficacia de un documental (dramatizado), digno del Canal de Historia o el Nationa Geographic. De hecho, no creo que sea un film al uso. No es un peplum, ni una de aventuras. No es un Thriller histórico, ni una película romántica (a pesar de ser el amor y el odio, sobre todo el odio ciego, lo que la mueve de escena en escena). Es, sencillamente, un mensaje personal de su director, una reivindicación personal de libertad frente a fundamentalismo, una invitación a que las personas en general, y los cristianos en particular, hagan examen de conciencia y seamos conscientes de las raíces de nuestra civilización. Porque, en un tiempo, la Iglesia, que hoy clama su bondad y su monopolio sobre la ética y la moral, fue cobijo de fundamentalistas que no tenían nada que envidiarle a los talibanes de nuestros días. Gentes machistas, intolerantes y torcidas que marcaron las bases de nuestra historia, desde la quema de los rollos de la Biblioteca de Alejandría, hasta las guerras de religión de ayer y hoy, pasando por un medievo negro como el abismo de sus corazones.
'Agora' debe hacernos reflexionar en lo pequeños que somos; en lo absurdo de pensar que en un planeta tan diminuto con respecto a la escala cósmica (excelentes planos de satélite, por cierto) sea el centro de un Dios todopoderoso que se regocije mientras sus fieles condenan, matan y arrasan con todo atisbo de disentimiento por puro rencor y revanchismo. Debe animarnos a considerar la pena que debería adueñarse de nuestros corazones al ver todo lo que se perdió cuando los primeros cristianos tomaron el control del imperio romano y, por ende, del mundo que conocemos hoy, erradicando sistemáticamente el pensamiento crítico, la filosofía y el conocimiento. Pero, sobre todo, debería hacernos meditar sobre dónde nos ha hecho acabar, dónde nos encontramos hoy, habida cuenta de las simientes plantadas en un suelo abonado de sangre. Los cristianos deberían tener una mínima curiosidad acerca de los orígenes históricos de su fe, de sus incongruencias y de su afán por monopolizar la moral, porque, no en vano, la creencia de unos ha moldeado a lo largo de los siglos a Historia de todos... de todos nosotros.
'Agora' es, con su guión medido al milímetro para representar el choque entre estas dos tendencias, con Hypatia a un lado, preguntándose el porqué de la mecánica celeste que sólo Kepler descubriría siglos más tarde, y los obispos al otro, obsesionado con cómo doblegar la mente de todo el mundo, un martillazo a la conciencia y una invitación a que, como los antiguos, cuestionemos todo lo que se nos da como verdad consumada desde el dogma de fe. Es una reivindicación de la libertad de cada cual para escoger su camino y el recordatorio de que los herederos conceptuales de esos mismos que declararon santo y doctor de la Iglesia a Cirilo, el fanático que hizo apedrar a Hypatia hasta la muerte y luego arrastrar su cuerpo desnudo por toda Alejandría por ser una abominable mujer que pensaba y criticaba sus propias creencias, como todo filósofo ha de hacer, son los que hoy deciden borrar el purgatorio del mapa religioso porque no conviene al marketing de la fe... Los mismos que nos dicen cómo hemos de escolarizar a nuestros hijos, cómo tenerlos y cómo sentir desde los rincones más íntimos de nuestro ser.

Por eso, si a algunos les indigna esta película, entiendo que sea como con los anuncios: no está destinada a su forma de pensar y no habrá debate que les haga cambiar. A otros nos ha emocionado y nos ha reafirmado más si cabe en nuestras convicciones y persepctivas racionales, razonables y abiertas hacia el mundo que nos rodea. Pero lo que más me gusta es que haya tenido que ser un joven realizador homosexual quien le haya metido el dedo en el culo a la Santa Madre Iglesia.
Si alguien se ha sentido ofendido por estas últimas palabras, diré que ya va siendo hora de que, quienes tanto han ofendido a lo largo de más de dos milenios, sientan un poco de su medicina en piel propia, aunque sea de palabra.