Soy un rolero atípico, lo admito. Tengo muchos juegos, he leído otros tantos y juego cuando el tiempo, la familia y los amigos me lo permiten, que no es mucho. No me sé ningún sistema al dedillo, ni pertenezco a ninguna escuela o me me importan las etiquetas "comercial/indie" que se plantan en los libros para hacerlos más o menos legítimos; echo mano del sentido común cuando la tentación es caer en el buenismo militante que invade tanto a editores como aficionados y huyo por sistema de lo políticamente correcto.
Puede decirse que veo el rol desde fuera más que desde dentro, lo cual tiene sus cosas buenas y malas. De las malas se aprende, está claro, pero las buenas son las que me permiten ver algún que otro palmo más allá de mis narices. Es como la metáfora del árbol y el bosque, y precisamente por tener el árbol a sus buenos metros de distancia, muchas veces disfruto como un demonio viendo el bosque y, por qué no, sacando el tirachinas de vez en cuando para ver lo duro que es el marfil de las torres que allí crecen.










