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El espejismo de la originalidad creativa


Por suerte o por desgracia, he conocido a algunas personas que miran por encima del hombro a todo esfuerzo creativo cuando se percatan de que tal o cual obra deja patente su inspiración en otras precedentes, postulando que si no es original no vale un pimiento. Es como si la originalidad no solo fuese un valor añadido, que puede serlo, sino una condición indispensable para que algo sea valorado en sí mismo. Lo gracioso es que este paladar elitista muchas veces proviene de bocas que nunca se han puesto a crear de verdad, ni siquiera imitar, por no decir que en casos concretos surge de oficios que precisamente consisten en interpretar o criticar profesionalmente las creaciones de otros (crítico de cine, intérprete musical, etc.).

El caso es que el ser humano es imitador por naturaleza. No solo desde su nivel celular primigenio, que gracias a la capacidad de autocopiarse lo conforma como individuo, sino que copiamos conductas y modos desde la más tierna edad para convertirnos en seres maduros y autónomos. Si no mirad a los pequeños cómo miran al padre, al tutor, a la madre o al adulto que tengan cerca y con quien mantengan una relación cercana. Aprendemos a caminar observando a quien sabe hacerlo; aprendemos lo que es peligroso observando las reacciones del mayor... De hecho, aprendemos académicamente copiando apuntes, incluso copiando en exámenes.

Si damos un paso más, ahora me da por recordar una máxima del mundo científico y académico: toda investigación y obra académica ha de cimentarse en las que la han precedido, tomando sus hipótesis y postulados como base para dar el siguiente paso en la carrera del progreso humano. Empezamos, pues, tratando de emular los hitos que han alcanzado otros antes que nosotros para luego, con la perspectiva, el tiempo y el aporte personal, transformar el conocimiento y el método hacia un matiz, insisto, matiz, diferente que sirva de referencia a la posteridad.

Hoy, más que nunca, estoy convencido de la validez de aquella frase de que todo está inventado. Al menos lo está en el terreno de lo que ya conocemos, que tiempo hay para descubrir los secretos del universo. Pero ¿se imagina alguien tratar de desentrañar lo que no se conoce aún partiendo siempre de cero, como si las obras, los trabajos, las investigaciones y las aportaciones previas no hubiesen existido nunca? El progreso en las ciencias y las artes sería terriblemente lento o sencillamente no existiría.

Copiar, emular, inspirarse no es malo siempre que apunte hacia una dirección nueva. Y tampoco creo que copiemos o remezclemos generalmente de forma malintencionada (ojo, que hay excepciones como en todo), sino que vivimos inmersos en un cuerpo de valores, creaciones y estándares que no podemos sacudirnos de encima tan fácilmente. Para ello tendríamos que vivir en una burbuja. Todo nos influye, nos marca, nos orienta hacia un camino concreto. Lo que ha proscrito la idea de copiar, que en la antigüedad era moneda habitual, es la progresiva incorporación de que las ideas son propiedad. Sé que esto va a suscitar muchas críticas, pero en el vídeo que os pongo a continuación se explica de forma muy gráfica. Si antiguamente se perseguía el bien común mediante la relativa protección de las ideas, pero permitiendo el progreso mediante la emulación y la complementación, hoy vemos cómo poner puertas al campo, anular nuestra propia naturaleza de modo que nuestro sistema de valores entre en conflicto con la misma realidad, da lugar a una quiebra del propio sistema.

La cosificación cuantificable de las ideas es fruto de los especuladores de patentes que, en su día, decidieron adquirir patentes antiguas y litigar contra todo lo que se les pareciese para ganarse la vida (y bien ganada), no creando, sino demandando en los tribunales. ¿Acaso hay mayor esterilidad que esa? ¿Cuánto se ha perdido la humanidad porque vale más el peaje que hay que pagar por algo que la idea en sí? ¿Cuánta gente muere porque los medicamentos están férreamente patentados y se dificulta desde las multinacionales la elaboración de imitaciones más económicas por razones humanitarias y de progreso y no de lucro? Y así con todo: las letras, la música, la plástica, la arquitectura, la vida... Todo tiene un precio, nada se puede emular, pero sin embargo no hemos dejado de ser seres emuladores por naturaleza.

Quizá ese estado mental, el de que si no es original no vale un pimiento, es lo que lleva años bloqueándome creativamente. Antes, cuando era más jovencillo y me lanzaba a escribir mis novelillas, no pensaba tanto en eso y recuerdo que la imaginación volaba, asimilando subconscientemente elementos que me habían acompañado siempre, desde el cine a los cómics, pasando por otros libros, las noticias, la vida; ese pozo de inspiración sin el que no seríamos más que seres grises, sin una tierra fértil a la que aferrarnos. De ahora en adelante haré el esfuerzo consciente de desprenderme de estos pesos y recuperar la chispa. Muchas veces no se innova porque se quiera, sino porque te encuentras esa preciosa gema por un camino que empieza emulando a los que lo lograron antes que tú. Si no decidme qué grandes éxitos literarios, por poner un ejemplo, no son un producto de la influencia de todo lo que hubo antes, pero con la aportación de ese matiz que los hace únicos a pesar de todo. ¿Rothfuss? ¿Abercrombie? ¿Scalzi? Pensad en ello.

Y no os perdáis este vídeo. En serio.

El espejismo de la originalidad creativa Reviewed by Omar El Kashef on 12:38 Rating: 5

6 comentarios:

Max Power dijo...

Según estaba leyendo el artículo me estaba acordando de este vídeo y pensaba que estaría bien buscarlo para verlo... Y mira tú, lo pones tú mismo al final :P

Omar El Kashef dijo...

Si es que estoy en todo XD

Steinkel dijo...

Muy interesante reflexión, como siempre, con la que concuerdo mucho.

Omar El Kashef dijo...

Gracias Pedro ;)

Axel Castilla dijo...

Coincido con la entrada, especialmente en que está demasiado sobrevalorada la originalidad, en el sentido de "algo novedoso", pero también eso es algo del "progreso", que exige rupturas y divergencias con lo que ya existía (aunque ni se recuerde ni se entienda . . . pero eso es otro tema), a menos que se trate de cosas "en su propia onda", que entonces se conservan a ultranza aun si son del siglo XVIII.

Puesto que "todo está sobre la mesa", demasiado a menudo hoy se es "original" (entrecomillo, porque a mí eso no me parece crear, siquiera) retorciendo material preexistente, deformándolo hasta llegar a devaluarlo por completo.

Esta recurrencia a la distorsión como intento de originalidad, también es un indicio de que los posibles se agotan; la existencia no ofrece temas y variaciones sin fin, por extensa que sea.

La calidad, en cambio, me parece un terreno mejor que enfatizar y en el que invertir.

Omar El Kashef dijo...

Sin duda, siempre hay margen en el aspecto de la calidad, y creo que no se tiene todo lo en cuenta que cabría esperarse en el rol. Por otra parte, e insistiendo en el rol, a veces creo que la gente teme en cierto modo sacar los pies del tiesto porque consideran que algo no es atractivo para jugar o directamente no es jugable. El caso es que las ambientaciones son casi siempre las mismas, o variantes unas de otras. Ahí lo dejo :p

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