
Hay veces en las que algunas cosas son tan obvias que se nos pasan por alto. Cuando piensas en ello, el mejor lugar para ocultar una verdad como un templo es dejándola a la vista de todos para que la indiferencia colectiva la camufle a ojos del subconsciente individual. En ello he caído esta mañana.
Al grano. Por mucho que se empeñen los puristas del dado, la clase y el nivel, los juegos de rol son libros. Se expresan en formato de libro; las empresas que los crean son editoriales; sus ideólogos son escritores (bueno, mejor digamos que el juego se escribe); los jefes de los ideólogos son editores; han de plegarse a las leyes vigentes de cada país en materia de libros, precios de libros, formatos de libros, etc. Y sin embargo, a veces la esencia del libro brilla por su ausencia.
Mirando un poco grosso modo el funcionamiento de las editoriales "tradicionales", uno ve que los lanzamientos suelen venir en un formato grande, atractivo y más caro, ya sea en rústica o cartoné. Uno entiende que la editorial persigue amortizar el producto (traducción, maquetación, impresión, etc.) y recibir beneficios con la venta de este formato, algo loable desde le punto de vista empresarial y una opción digna para quien quiera disfrutar en su biblioteca de un ejemplar con las cualidades del precio que ha pagado (cada vez más alto, por cierto).
Asimismo, uno comprende que cuando el ciclo vital de este producto se ha completado (generalmente por estancamiento de las ventas), llega el turno de uno de los mejores inventos de la industria del ocio: el formato de bolsillo. De este modo matas varios pájaros de un tiro. En primer lugar, prolongas la vida del producto en un formato más humilde, pero que sigue produciendo ingresos, dado que el formato es más barato y se vende acorde al mismo. Pasamos de los 18 euros por ejemplar a unos 9 (la mitad), pero estimulando a los que se habían quedado en casa porque el cartoné y el gran formato no les compenaba los casi 20 pavos del libro. Ahora, azuzados por la sensible rebaja, los reticentes salen de sus rediles a la tienda de libros más cercana y se dejan un dinero por el mismo texto, aunque a ellos les da igual que el papel sea un poco menos vistoso y las tapas sean blandas. Es el segundo ciclo vital del libro, y así se dignifica su contenido y se satisface a unos y a otros, permitiendo que el producto mantenga cierta rentabilidad en el tiempo sin necesidad de estirar el bolsilloi del lector hasta romperlo.
Ahora bien, a pesar de sus sospechosas similitudes con el mundo editorial tradicional, esto no ocurre con el rol. Es comúnmente sabido quela trayectoria de un manual básico de rol es de recorrido muy corto, de ahí que sea esencial mantener la editorial con productos se apoyo (figuras, cartas, etc.) o con ampliaciones del juego básico. Esencial dentro de la lógica vigente, que, por cierto, es bastante limitada. Entonces, uno tiene esa revelación que siempre ha estado ahí, pero aplastada por el modelo productivo ridículo que rige los corazones y las mentes de los "editores" del sector. Siempre nos hemos regido por la máxima de que quien lo tenga más gordo, más duro y más colorido, triunfará. Ahí se acaba todo. No hay opciones, no hay alternativas ni solución de continuidad. Un tocho como 'Conan' tiene que pesar tres kilos, rebosar de color, tener una letra bien hermosa y, encima, con errores de traducción; u otro como 'Juego de Tronos' tiene que desarmarse con tan sólo mirarlo de reojo (por poner un par de ejemplos paradigmáticos); todo ello por un módico precio que ronda las 8.000 de las antiguas pesetas, eso sí, a todo color y en tapa dura. ¿Y alguien se extraña porque haya líneas que no venden o que se han estancado? ¿Dónde está la imaginación? ¿Dónde está la versatilidad del editor? ¿Dónde está el oficio?
¿Por qué no dar la opción de una compra mínima a los reticentes de la compra máxima? ¿Por qué no prolongar la vida del juego con parámetros más humildes, de coste más reducido y, por ende, precio más asequible? Y cuando digo coste reducido, obviamente no quiero decir que timen al comprador: que no se comben las portadas, que no se desplastifiquen o que no destiña el texto (por no decir que no se peguen las hojas por un deficiente proceso de secado de certo juego que acaba de salir al mercado). En definitiva, ¿por qué no aplicar la lógica del libro a los libros, aunque sean de rol?
Yo creo que es porque no hay oficio ni huevos para transgredir un modelo que lleva años imperando y que hace aguas por doquier (y si no que me digan que el rol vive una edad de oro). Me resisto a dejar que echen la culpa a los compradores porque lo hacemos mal (como la nueva ministra de cultura, según la cual todos, menos los cineastas, tienen la culpa de que nadie vaya a ver pelis españolas). Parece que sólo triunfas si sacas un juego de cientos de páginas con miles de colores y gordo como un puño. Da igual que dentro haya literatura elevada o porquería, que ahí se quedará, como una foto fija e inamovible. ¿Por qué eso funciona en el mundo editorial tradicional y no se intenta en el del rol? Es más, ¿por qué no conviven en las estanterías la edición cara con la barata (y digo en las estanterías, no una en la tienda virtual y otra en la tienda física)? Si funciona con las ediciones de las películas en DVD (las de coleccionista conviven con las normales perfectamente y no compiten entre sí), ¿por qué no iba a hacerlo con los juegos de rol en su propia escala?
Creo sinceramente que es algo viable a poco que alguien se moleste en ejercer de editor y no sólo colgarse el título al pescuezo. Para ello es necesario querer hacer algo bien hecho, dignificar lo que se hace y jugársela. Pero, por desgracia, los que tienen los medios son los que están arriba porque precisamente no se la juegan, que viene a ser lo mismo que el triunfo de la mediocridad, del apalancamiento y el conformismo vertical descendente. Yo lo intentaría, por ejemplo, comprando media docena de licencias menos y probando el método con una de las que ya tengo, pero claro, mientras los medios los tengan aficionados y no editores será como pedir que los libros no crujieran desde las entrañas y que las páginas no se quedasen pegadas en pegotes.
Pero el cliente tiene su parte de culpa. Tenemos que abandonar de una vez el buenismo que llena el aire, la actitud que nos impele a aceptar lo inaceptable y lanzar elogios cuando tienen que ser críticas. Porque los libros que compramos no son precisamente baratos, y no me vale con que "somos un sector pequeñito". Si es tan pequeñito, ¿por qué maneja cifras de sector grande? ¿Por qué aferrarse al modelo del gran formato y la gran ilustración, cuando la factura del manual y la ilustración muchas veces tienen más de fanzine que de producto serio? Si no empezamos a quejarnos, como ya he dicho infinidad de veces, nuestra parte de la rueda dentada no se moverá, el mecanismo no se ajustará y seguiremos afincados en este inmovilismo que se empeña en regurgitarnos libros malos a precio de enciclopedia y a premiar la mediocridad por encima del ingenio y la buena práctica profesional.
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¿Qué ocurre cuando se juntan tres de los más grandes virtuosos de nuestros tiempos? Pues la respuesta es Clinophobia el álbum del super-grupo formado por Virgil Donati, Billy Sheehan y Tony Macalpine: Devil’s Slingshot. Editado a finales de 2007, ha sido hace poquito cuando he tenido la oportunidad de escucharlo, íntegramente instrumental, el disco es una mezcla de estilos aunque el rock progresivo es el auténtico protagonista, a todos aquellos que no conozcáis a estos musicazos os animo a abrir vuestra mente y escuchar este lujazo de álbum, una auténtica pasada, virtuosismo instrumental y compositivo con mucha mucha calse, de lo mejor que he podido escuchar. Ojito con ellos que la calidad instrumental está en la línea de Dream Theater.
