El pasado 12 de noviembre de 2010 nos dejaba el gran compositor polaco Henryk Górecki, uno de los padres del minimalismo y uno de los grandes compositores de la segunda mitad del siglo XX como lo fueron Penderecki, Boulez, Nono o Stockhausen. Como siempre ha habido una escasa cobertura por parte de los medios de la noticia, aunque de haberse tratado de algún compositor menor como John Williams hubiesen corrido ríos de tinta.
La obra de Górecki abarcó gran variedad de estilos, aunque como ferviente católico, la música sacra predominó sobre el resto de su catálogo, estilo que rubricó con gran misticismo y espiritualidad. Su fantástico Concierto para clave op. 40, su Totus Tuus para coro a cappella o la enorme Segunda Sinfonía "Copernicana"para soprano, barítono, coro y orquesta, son solo algunas de sus grandes joyas, aunque la que en este momento nos atañe, eclipsó a todas y cada una de ellas.
La Sinfonía nº3 también conocida como Sinfonía de las lamentaciones, fue compuesta en 1976 y de un modo contrario a lo que imperaba en cuanto a la vanguardia musical de la época, el compositor se decantó por una obra para nada abstracta y de un carácter tangible y cercano. Gorecki comenzó a gestar su obra hacia el año 1973 cuando llegó a sus manos un texto que describía el dolor de una madre por la pérdida de su hijo en la guerra. Ese mismo año tomó conciencia acerca de un texto escrito en una pared de una celda de una prisión de la Gestapo, que escribió una jóven de tan solo 18 años que había sido allí encarcelada, este decía: "Oh mamá, no llores por mí, inmaculada Reina de los Cielos, socórreme siempre". El tercer texto era un lamento de la Virgen María durante la crucifixión de su hijo: "Mi querido hijo, mi predilecto, comparte las heridas con tu madre" [...] Con todo ello y su prodigiosa mente, el compositor tenía cuanto necesitaba para componer una de las más hermosas y emotivas obras de todos los tiempos.

















